LOS AMOS DEL MUNDO. Arturo Pérez-Reverte, 1998

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LOS AMOS DEL MUNDO. Arturo Pérez-Reverte, 1998

Mensaje  nicasio el Miér Nov 12 2008, 08:37

LOS AMOS DEL MUNDO*

*(Artículo del escritor español Arturo Pérez-Reverte, publicado en 'El
Semanal' el 15 de noviembre de 1998, y que ahora, diez años después,
parece una visión de Nostradamus)*.

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los
cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos,
en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y
el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes
lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de
probabilidad del cero coma cero cuatro. Usted no tiene nada que ver con
esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y
ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés,
van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen
en inglés cosas como *long-term capital management*, y hablan de fondos
de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de
neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del
domingo. Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores
suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de
dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará
el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los
huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas,
tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros.
Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan
ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean
riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de
economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva.
Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y
los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al
carro. Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es
mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de
prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y
entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la
unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y
el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan
con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan
a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus
representados. Y en cuanto sale bien la primera operación ya están
arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses
de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque
ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con
la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y
palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales
comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja. Y de
pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus
fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso:
alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el
saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso
en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh,
prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que
controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros,
resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el
pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía
internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las
espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que *mientras el beneficio
era privado*, *los errores son colectivos*, *y las pérdidas hay que
socializarlas*, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de
salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda. Y esa
solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga
con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo,
Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones
de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada
día a las seis de la mañana para ganarse la vida. Eso es lo que viene,
me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres,
pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y
canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena. Así que podemos ir
amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía
mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y
tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.
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